EL CODIGO DE LA COOPERACION

Por Edgardo Form

Estimados lectores y lectoras: pónganse cómodos, tomen lápiz y papel y prepárense para escribir las claves de una experiencia exitosa. En las líneas que siguen ustedes encontrarán el verdadero código – que a partir de ahora dejará de ser secreto – para construir una buena cooperativa y, por extensión, también les daremos las pistas infalibles para gestar una sociedad más justa y solidaria.

No estamos exagerando. Es bastante sencillo. Pero eso sí, hay que respetar los tiempos de maduración, estar atentos a la combinación exacta de todos los componentes y cultivar la paciencia, la perseverancia y otras virtudes. Cualquier apresuramiento puede ser fatal.

Vamos al grano. La primera condición es tener un grupo de personas dispuestas a trabajar por un mismo objetivo. Como suele decirse, hombro con hombro y codo con codo. Es muy importante que todos y todas tengan claro el proyecto. Más todavía: es indispensable que sean autores y actores de la iniciativa. Que se dispongan a poner manos a la obra, disfrutar de los logros y hacerse cargo de las mil y una dificultades.

Es importante que los iniciadores de una construcción como esta tengan claro que nadie hará por ellos lo que no hagan por sí mismos. Nos referimos, por cierto, a la cooperativa y también a un proyecto de Nación que asegure el bienestar para todos sus habitantes.

Ahora bien, la experiencia indica que a poco de andar comienzan las dificultades. Una cosa es el plan diseñado en el papel y otra cosa es el escenario de la vida real. A cada paso surgen desafíos, amenazas, problemas de todo tipo. Por ejemplo, la desmotivación de los participantes. El desánimo. La tentación de avanzar por el camino más corto, que no siempre es el más acertado. Los intentos de resolver las necesidades individuales a expensas de los demás o, peor aún, contra los intereses del grupo. El egoísmo y el sálvese quien pueda, que le dicen. O sea, la carga cultural que arrastramos durante los últimos siglos de la historia de la humanidad, más la sobredosis agregada en tiempos del pensamiento único y el modelo paleo liberal ( si, leyeron bien, porque de neo no tiene nada).

Estos problemas y tropiezos requieren soluciones oportunas y eficaces, muchas de ellas conocidas y otras que deberán elaborarse con imaginación, creatividad y una pizca de audacia. Pero en ambos casos, lo importante es que sean el fruto de decisiones colectivas y encaradas por todos los integrantes del emprendimiento. Nos referimos, concretamente, a la práctica de la democracia, generando los espacios indispensables para que los asociados de la cooperativa – o los ciudadanos y ciudadanas de la república – tengan la oportunidad de dar a conocer sus puntos de vistas y sean partícipes de la construcción del consenso.

El método más eficaz para ello es el diálogo, palabra ésta que se dice con frecuencia, pero que no siempre se ejercita respetando su real significado. En tal sentido, les recomendamos que tomen nota también de esta definición y, sobre todo, que procuren aplicarla con la mayor frecuencia posible: “Dialogar significa salir del punto de vista de uno para entender al otro y regresar a la propia identidad después de haber hecho el esfuerzo por entender la ajena. Esta es la condición necesaria para crear una nueva realidad humana”.

El debate franco y constructivo es enriquecedor, aunque no siempre se logre la coincidencia de inmediato. Como dijimos anteriormente, hay que cultivar la paciencia y la perseverancia. No perder de vista el objetivo. De lo contrario, no es posible avanzar en unidad, mantener el rumbo hacia el cumplimiento de la misión trazada.

Aceptar y ejercer esta modalidad de trabajo requiere de tiempo. Hace falta mucha educación, lo cual no puede resumirse tan solo a la lectura – que de por sí es indispensable -, sino a un proceso de desintoxicación para expurgar los disvalores del individualismo, la ruptura de los lazos solidarios, la falta de respeto por el prójimo, el desinterés por la naturaleza y tantos otros males que la cultura dominante nos ha ido inoculando a diario, la mayoría de las veces en forma imperceptible.

Al mismo tiempo, debemos incorporar y cultivar los valores de la ayuda mutua y el esfuerzo propio, de la solidaridad, del amor al diferente, pero no como el recitado mecánico de los mandamientos, sino con la convicción de que esa es la conducta correcta.

Esto que se formula en apretada síntesis, es nada más y nada menos que una parte sustantiva de la batalla cultural. Y no caben dudas que lograr resultados llevará su tiempo, pero no existe otra alternativa.

Volvemos a insistir en una cuestión vital: la creación de una cooperativa o la transformación integral de la sociedad, deben ser producto de una decisión meditada, compartida y asumida por los protagonistas; en un caso los asociados y en el otro, el pueblo en su conjunto.

La experiencia acumulada por el Instituto Movilizador en casi medio siglo de existencia, al igual que la de todo el cooperativismo mundial, confirman la validez y sabiduría del principio que establece la “Adhesión libre y voluntaria”. Y es oportuno subrayar la vigencia de esta regla de oro en vísperas de celebrar el Día Internacional de la Cooperación, ya que la vulneración de este precepto, sin perjuicio de todos los demás, conduce inexorablemente al fracaso.

Principios, valores, democracia, eficiencia, proyecto viable y voluntad asociativa son requisitos esenciales para llevar a cabo una experiencia cooperativa exitosa. Estos ingredientes teóricos y prácticos deben ser compartidos por los artífices y destinatarios del emprendimiento, quienes tendrán que tomar las medidas apropiadas para mantenerlos vivos y transferirlos a las generaciones futuras. Después de todo, una empresa asociativa y solidaria no se hace de un día para el otro, lleva tiempo y pretende perdurar para siempre. Igual que una Nación.